Hay una forma de cansancio que no se nota. A veces es simplemente sentirse incompleto por dentro, incluso cuando todo “está bien”.
No se ve en el cuerpo.
No aparece en las fotos.
No siempre se traduce en lágrimas.
Es ese cansancio que sigue ahí incluso cuando todo “está bien”.
Cuando cumples.
Cuando respondes mensajes.
Cuando trabajas.
Cuando sonríes.
Cuando haces lo que toca.
Y aun así, por dentro, algo se siente retrasado.
Como si una parte tuya no hubiera llegado al presente.
No estás mal.
Pero tampoco estás completo.
No estás roto.
Pero algo se siente suspendido.
Y muchas veces no sabes cómo nombrarlo. Solo sabes que sigues…
con una sensación silenciosa de estar viviendo a medias.
Lo que pasa por dentro cuando no te das permiso de detenerte
La mayoría aprendimos temprano que detenerse es peligroso.
Que parar es perder.
Que sentir demasiado es debilidad.
Que pensar mucho es improductivo.
Que mirar hacia adentro es perder tiempo.
Entonces aprendimos a avanzar.
A seguir incluso cuando algo dolía.
A normalizar el vacío.
A ignorar la incomodidad.
A guardar preguntas sin responder.
Y funcionó.
Funcionó lo suficiente como para sobrevivir.
Como para cumplir.
Como para encajar.
Pero no funcionó para sentirnos enteros.
Porque lo que no se escucha, no desaparece.
Solo se acumula.
Se guarda en pequeños gestos.
En silencios.
En cansancios sin explicación.
En irritaciones leves.
En nostalgia sin recuerdo claro. Se guarda en esa sensación de “no sé qué me pasa, pero algo no está bien”.
La confusión de acostumbrarse a vivir incompleto
Hay dolores que no gritan.
Solo se vuelven paisaje.
Te acostumbras.
Te acostumbras a no hablar de lo que pesa.
A no preguntar lo que inquieta.
A no nombrar lo que falta.
A no mirar lo que duele.
Te acostumbras a funcionar.
Y cuando llevas mucho tiempo así, empiezas a creer que eso es la vida.
Que sentirse desconectado es normal.
Que vivir cansado es normal.
Que ir sin ganas es normal.
Que sentirte lejos de ti mismo es normal.
No porque lo sea.
Sino porque no recuerdas otra forma.
Y eso confunde.
Porque no estás en crisis.
Pero tampoco estás en paz. Estás… sobreviviendo con estilo.
Lo que se carga en silencio cuando nadie te pregunta “cómo estás de verdad”
Hay preguntas que nadie hace.
No por maldad.
Sino por costumbre.
—¿Todo bien?
—Sí.
Y ahí termina.
Pero dentro pasan muchas cosas que no entran en ese “sí”.
El agotamiento emocional.
La sensación de estar siempre disponible.
La dificultad para pedir ayuda.
El miedo a decepcionar.
La presión de sostener una imagen.
La idea de que si paras, todo se cae.
Entonces no paras.
Sigues.
Incluso cuando estás cansado de ser fuerte.
Incluso cuando ya no sabes qué quieres.
Incluso cuando te sientes extraño contigo.
Sigues porque no sabes cómo no seguir.
Y ese esfuerzo constante deja huellas. No visibles.
Pero reales.
Cuando empiezas a sentir que te has ido dejando a ti mismo
A veces no hay un momento exacto.
No hay una fecha.
No hay una escena.
Solo un día notas que ya no te escuchas igual.
Que reaccionas en automático.
Que tomas decisiones sin preguntarte.
Que te cuesta estar en silencio.
Que necesitas ruido para no pensar.
Que te distraes de ti.
Y eso duele de una forma particular.
No es tristeza directa.
Es una distancia.
Como si vivieras contigo… pero sin hablarte. Como si fueras tu casa… pero no entras.
La experiencia de quienes han aprendido a sostener sin ser sostenidos
Hay personas que se vuelven pilares muy jóvenes.
Los que escuchan.
Los que apoyan.
Los que resuelven.
Los que contienen.
Y casi nunca son contenidos.
No porque nadie quiera.
Sino porque aprendieron a no pedir.
A no incomodar.
A no mostrar grietas.
A no ocupar espacio emocional.
Se vuelven fuertes.
Pero solos.
Y con el tiempo, esa fortaleza pesa.
Pesa porque nadie debería cargar todo siempre.
Pesa porque no se puede ser refugio eterno sin descansar. Pesa porque el alma también necesita ser sostenida.
Lo que ocurre en la vida cotidiana cuando lo interno no se atiende
Nada se rompe de golpe.
Se desgasta.
Se refleja en:
- Falta de entusiasmo.
- Relaciones superficiales.
- Rutinas sin sentido.
- Proyectos sin alma.
- Conversaciones sin presencia.
- Días que se parecen demasiado.
No porque seas incapaz.
Sino porque estás cansado de cargar contigo sin entenderte.
Y eso no se arregla con frases.
Ni con productividad.
Ni con distracciones. Se empieza a mover cuando te miras sin juicio.
Una mirada desde dentro: entender sin juzgar
No se trata de culparte.
No se trata de decir “debería haber hecho otra cosa”.
Se trata de comprender.
De entender que muchas decisiones nacieron de la necesidad.
Del miedo.
De la supervivencia.
De la adaptación.
Hiciste lo que pudiste con lo que tenías.
Eso importa.
Y también importa reconocer que ahora quizá necesitas algo distinto.
Más espacio.
Más escucha.
Más honestidad contigo. No para cambiarte.
Para volver.
Tal vez no sea el final, solo una pausa consciente
Tal vez al leer esto sentiste algo.
Tal vez no.
Tal vez solo reconociste una parte pequeña.
Tal vez varias.
No importa.
Este texto no pretende resolver nada.
Solo poner palabras donde antes había ruido.
En este espacio del blog hay otras reflexiones, otros silencios nombrados, otros temas que dialogan con este. No porque uno sea más importante que otro, sino porque la vida emocional no se entiende en una sola pieza.
También existe un video en el canal de YouTube donde esta experiencia se aborda desde otro lugar: desde la voz, el ritmo, los silencios, las pausas. No repite esto. Lo acompaña desde otro lenguaje.
Y para quienes sienten que necesitan más tiempo, más estructura, más profundidad, están los ebooks. No como promesa de cambio rápido, sino como un camino más largo para quien lo necesite.
Nada de esto es obligatorio.
Nada es inmediato.
Todo es proceso.
Quizá hoy solo era necesario leer.
Quizá mañana quieras seguir explorando.
Quizá más adelante decidas profundizar.
Está bien.
A veces, volver a uno mismo empieza así:
Con una frase.
Con una pausa.
Con una sensación de “no estoy solo en esto”. Y con la certeza silenciosa de que todavía hay camino por recorrer.